De Renata de Ferrara a Catalina de Médicis, el siglo XVI vio nacer mujeres que supieron entrelazar política y poder en una Europa marcada por guerras religiosas. Entre esos nombres, sin embargo, Margarita de Francia (1523-1574) casi ha sido borrada de las grandes historias.
¿Cómo explicar que quien impulsó uno de los primeros edictos de tolerancia en Europa, garantizando a los valdenses del Piamonte la práctica de su religión, permanezca en las sombras?
Su carrera nos recuerda que, incluso en tiempos de tensiones irreconciliables y violencia religiosa, había márgenes de negociación y aceptación.
Del Reino de Francia al Ducado de Saboya
Margarita de Francia era hija de Francisco I y hermana del rey Enrique II, dos de los monarcas Valois más influyentes de la Francia del Renacimiento. Excepcionalmente formada en idiomas y humanidades y reconocida por su gran cultura, recibió el título de duquesa de Berry en 1550.

Retrato de la Margarita francesa según un estudio de Francois Clos. Wikimedia Commons
Nueve años después, su matrimonio con Manuel Philibert de Saboya (1528-1580) selló el fin de las hostilidades entre el reino de Francia y la monarquía española. Así, la paz de Cateau-Cambresis (1559) lo colocó en el centro de la política europea. La recuperación del ducado de Saboya, ocupado durante años por tropas francesas, dio a ese territorio un peso estratégico decisivo en el nuevo tablero político.
Su posición geográfica, en la actual frontera entre Francia e Italia, lo convirtió en un territorio permanentemente en disputa. Por un lado, el rey Felipe II lo consideraba crucial para asegurar el "camino español" a Flandes, mientras que, por otro, la monarquía francesa mantenía sus ambiciones en el norte de Italia. A esto se suma la complejidad religiosa de la región, marcada por la influencia de la Reforma Protestante y la proximidad de comunidades suizas.
El duque Manuel Filiberto impulsó la reconstrucción política y militar del ducado con una estrategia de neutralidad armada. En este marco, la duquesa Margarita no fue una simple consorte: proporcionó legitimidad dinástica, redes culturales y capacidad diplomática en una zona fronteriza sujeta a presión constante.
Paz de Kavour: edicto pionero
El 5 de junio de 1561, apenas dos años después de su matrimonio y la restitución de los territorios de Saboya, Margarita de Francia y el duque Manuel Filiberto se enfrentaron a uno de los dilemas más tensos de su gobierno: la coexistencia de comunidades católicas y valdenses en los Alpes piamonteses.

Epígrafe sobre la Casaforte Acaja-Racconigi de Cavour, reconociendo que allí se firmó el edicto. Carlok/Wikimedia Commons, CC BI-SA
La solución fue el Edicto de Cavour, un acuerdo que garantizaba a los valdenses la libertad de creencia en sus valles. Las fuentes coinciden en que Margarita jugó un papel decisivo en la creación de este texto. Fue ella quien, por mediación de Felipe de Saboya, conde de Raconigi e influyente consejero de la corte, convenció al duque de la necesidad de elegir el camino de la tolerancia.
El Edicto de Cavour se considera uno de los primeros decretos sobre libertad religiosa en la Europa moderna. Su influencia traspasó las fronteras del ducado: mientras Felipe II consolidaba la política de estricta ortodoxia en la monarquía española y los estados italianos reforzaban el espíritu tridentino, Saboya ensayaba fórmulas de negociación en el territorio marcado por su estatus fronterizo.
La corte de Turín, bajo el patrocinio de Margarita, también se convirtió en un refugio para personas perseguidas religiosamente, incluidos exiliados franceses y descendientes sefardíes. La cuestión judía en el ducado de Saboya alimentó el descontento de Felipe II, que vio en ella una incitación a la heterodoxia de la duquesa. Esta situación significó que Margarita se encontrara bajo sospecha de herejía tanto en Madrid como en Roma, aunque ningún legado papal o agente del rey de España obtuvo jamás pruebas contra ella.
Mujeres entre la mediación y la duda
La figura de Margarita de Francia puede compararse con la de pocas mujeres de su época y de su órbita familiar. Renata de Ferrara, su tía materna, mantuvo estrechos vínculos con círculos reformados en Francia, Suiza e Italia, convirtiéndose en mecenas de los disidentes y en un foco de tensión religiosa. Catalina de Médicis, su cuñada después de casarse con Enrique II, impulsó edictos de pacificación que buscaban, con mayor o menor eficacia, frenar la violencia confesional que estaba desgarrando el reino de Francia.
Como ellos, Margarita defendió los medios de negociación en medio del enfrentamiento entre católicos y reformadores. Pero lo hizo desde un espacio particularmente frágil: un ducado fronterizo que estaba constantemente expuesto a presiones externas mientras estaba rodeado por las principales potencias del momento.
En Saboya, su autoridad estuvo condicionada por las divisiones internas entre facciones profrancesas y proespañolas, y por la cuestión valdense y protestante que caracterizaba el territorio. La corte de Turín, bajo su patrocinio, acogió a los disidentes hugonotes –protestantes calvinistas franceses– ya exiliados de la noche sangrienta de San Bartolomé. Esto aumentó su prestigio como persona de tolerancia y mediación, pero también de recelo en el entorno. Estas resistencias muestran hasta qué punto su compromiso con la convivencia encontró límites, aunque también revelan la singularidad de su posición en la Europa del siglo XVI.

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La carrera de Margarita de Francia nos invita a revisitar la historia europea desde la periferia y desde voces habitualmente silenciadas. En un siglo plagado de guerras religiosas y persecuciones, su decisión de abrir un espacio para las negociaciones en un ducado pequeño y vulnerable muestra que la tolerancia no era sólo un ideal teórico, sino una práctica eficaz y posible.
Su posterior silenciamiento en la historiografía corresponde tanto a su condición femenina como, posiblemente, al malestar creado por figuras que no encajan en las narrativas nacionales o confesionales dominantes. Recordar su experiencia hoy no es sólo un ejercicio de memoria, sino también una invitación a repensar la vigencia de la mediación política, la acogida y la pluralidad de las mujeres en sociedades que continúan el debate entre convivencia o exclusión.
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