Algunas de las transformaciones sociales mĆ”s profundas de los Ćŗltimos tiempos, incluidos cambios en la relación entre hombres y mujeres o la reducción de la estigmatización de grupos históricamente marginados, comenzaron con una conciencia colectiva de la violencia que la mayorĆa de nosotros no habĆamos visto hasta entonces.
A veces se trata de comportamientos cotidianos, cuyo efecto violento no hemos reconocido en quienes los reciben. En otras ocasiones hablamos de violencia de la que simplemente no Ć©ramos conscientes o no Ć©ramos conscientes de su frecuencia y magnitud. En todos los casos, la llave que abre la primera puerta a un cuestionamiento profundo de las prĆ”cticas sociales es denunciar y visibilizar lo que estĆ” sucediendo. Al menos asegĆŗrese de que nadie pueda volver a afirmar de manera creĆble que no sabĆa lo que estaba pasando.
Un Ôrea envuelta en una intensa violencia invisible al debate público son las relaciones laborales. Especialmente en los empleos de la clase trabajadora (con salarios bajos y estatus simbólico, que vagamente llamamos "no calificados"), la vida diaria a veces involucra verdaderas historias de terror, incluido acoso, violaciones flagrantes de los derechos laborales o persecución de actividades sindicales, todo por parte de las empresas.
Una muestra abundante, variada y difĆcil de responder de todo ello se puede consultar, por ejemplo, en los Abusos Patronales, un repositorio de testimonios acumulados a lo largo de los aƱos por un grupo de investigadores de la UPO y otras universidades.
La frecuencia y gravedad del abuso y el trato violento de las trabajadoras domƩsticas en trabajos como estos tambiƩn han sido estudiados en las ciencias sociales.
Un hallazgo casi accidental
En una reciente investigación con trabajadores migrantes estacionales del sector fresero de Huelva, los resultados son realmente preocupantes. Es cierto que (a pesar de cierta notoriedad pública y mediÔtica sobre los abusos en este contexto) obtuvimos un resultado que no esperÔbamos en la investigación de los determinantes sociales de la salud.
Aunque nuestro guion original de la entrevista ni siquiera incluĆa preguntas al respecto, uno de los temas mĆ”s mencionados por los trabajadores fue el trato abusivo en muchas empresas. Los resultados completos del estudio se pueden encontrar en este informe; AquĆ simplemente revisarĆ© algunos de los hallazgos sobre esa violencia corporativa cotidiana.
Gran parte de los trabajadores contaron cómo el modus operandi de muchos manipuladores (cargadores que supervisan equipos de decenas de trabajadores temporales) consiste en gritar, insultar y acosar a los trabajadores, tratos humillantes, a veces con el objetivo de señalar a los que son un poco mÔs lentos en el trabajo.
Gritos e insultos cotidianos.
Es ilustrativo el hecho de que varios trabajadores marroquĆes que prĆ”cticamente no hablaban una palabra de espaƱol aprendieron, sin embargo, a pronunciar perfectamente los insultos escuchĆ”ndolos todos los dĆas.
Me gustarĆa que todos los que lean esto se tomen un momento para intentar visualizar la experiencia que estoy describiendo. Se necesitan una, dos, tres, seis horas... con la espalda todo el tiempo encorvada para recoger fresas que crecen a ras de suelo, dolorosas por el agarre forzado, bajo el sol abrasador de una primavera andaluza y el calor pegajoso de un invernadero. Y, por si fuera poco fĆsico, siempre tiene a alguien a su lado que le acosa, le grita, lo insulta y lo humilla delante de sus compaƱeros.
En muchos testimonios, esto Ćŗltimo es, de hecho, lo realmente difĆcil de soportar. MĆ”s que la dureza del trabajo, su inestabilidad, los salarios o el hacinamiento en la vivienda, el colmo que rompe la columna de la ira o el tormento es el trato recibido.
Esto no significa que todas las empresas se comporten asĆ. Pero para quienes lo hacen, el clima de impunidad es total: aislamiento espacial en granjas remotas, miedo de los trabajadores a perder la Ćŗnica fuente de ingresos a la que tienen acceso, poca supervisión institucional...
Por otro lado, esta violencia verbal es la mĆ”s comĆŗn, pero no es la Ćŗnica ni la mĆ”s grave. El mismo clima de impunidad que permite los insultos tambiĆ©n nos permite ir mucho mĆ”s allĆ”. Encontramos, entre otras cosas, a trabajadores cuyos pasaportes estĆ”n siendo confiscados como medida de control; los que son empujados a un charco de barro o abofeteados por el jefe, en medio de una discusión, u otros que son apartados por el guĆa con un palo de madera cuando son los mĆ”s lentos del grupo.
La mayorĆa de estos casos mĆ”s extremos ocurren contra mujeres marroquĆes trabajadoras e indocumentadas: cuanto mĆ”s vulnerables son, mĆ”s impunes quedan los agresores. Respecto a la violencia sexual, ninguno de los interlocutores nos contó sus experiencias en primera persona (un punto ciego, quizĆ”s, provocado por el hecho de que las entrevistas fueron realizadas por hombres), pero muchas afirman saber que sucede y que muchas veces ocurre incluso en las fincas.
Estos no son casos aislados
A veces, un caso de abuso de esta forma o mÔs grave, en Huelva o enclaves agroindustriales similares, consigue saltar del silencio y el aislamiento de las explotaciones a la discusión pública, aunque sea momentÔneamente, y queda un cierto atisbo de conciencia sobre las malas condiciones de vida y de trabajo. Pero siempre se nos presentan como casos aislados, acciones concretas de algún individuo monstruoso.
Nunca vemos (o elegimos no ver, o ellos intentan no ver) que lo que hace posibles estos ataques es la estructura productiva, a su vez sustentada en la estratificación social racial, de la que se benefician todas las empresas del sector, incluidas aquellas que no atacan de esta manera.
Es la enorme desigualdad de poder en las relaciones laborales, diseƱada por empresas y administraciones para maximizar la rentabilidad del sector, la que crea un clima de impunidad que abre la puerta al horror.
0 Comentarios