La misión Artemis II volverá a entrar en el llamado espacio exterior el 1 de abril, después de más de cinco décadas de ausencia humana allí. Artemis II busca marcar el comienzo de una nueva era de exploración y descubrimiento.
Entonces, a medida que la tecnología avanza y permite que nuestra especie visite el lado oscuro de la Luna, vale la pena pensar en lo que significa dar ese salto y qué debemos considerar desde la Tierra.
La bioética del espacio es una filosofía de la vida, del espacio y, en consecuencia, del tiempo. Estas tres dimensiones de la realidad, al ser independientes, al mismo tiempo convergen en una misma cosa: el cosmos. Así lo analizo en el libro que se encontrará.

Foto tomada desde la Estación Espacial Internacional en vuelo sobre el Océano Pacífico, al noreste de Papúa Nueva Guinea. NASA, CC BI Pensar más
La vida tal como la conocemos ocupa espacio. Y este espacio no sólo permite la expansión del movimiento, sino que constituye el ser. Es decir, el individuo se relaciona a través de su contexto, con su cultura, su sociedad y, además, su entorno natural.
Sin embargo, imaginar el cosmos es acercarse al concepto de espacio incomprensible. Tenemos intuiciones sobre espacios terrestres cercanos, pero cuando se expanden más allá de nuestra capacidad de ver, nos enfrentamos a un abismo.
La bioética espacial mira el mundo -presente y futuro- desde una dimensión ética. Se rige por cuatro fundamentos mínimos: el valor de la vida, la relación entre tierra y espacio, posición biocéntrica y regulación ético-legal.
Sólo porque existimos
No hay reflexión filosófica sin una mínima consideración de lo que es la vida, una vida que no sólo necesita ser vivida, sino que debe desarrollarse con un mínimo de dignidad y autonomía. Cuando hablamos del valor de la vida, nos referimos a una concepción que da sentido a las relaciones entre los humanos y otras especies, en un ecosistema global donde el individuo es un sujeto a considerar más allá de su utilidad en la comunidad, sin que prevalezcan jerarquías.

Fotografía original de la famosa imagen 'Blue Marble', que muestra la Tierra tomada desde una distancia de aproximadamente 29.400 km, el 7 de diciembre de 1972, desde el Apolo 17. NASA/Wikimedia Commons
El valor general de la vida de cada individuo se considera valioso por el hecho mismo de su existencia. Su valor reside primero en sí mismo y luego en su posición a favor de la salud del medio ambiente. Es precisamente la diversidad en las expresiones de la vida –que haya bacterias y secuoyas, leones y hormigas, humanos y tardígrados– lo que da fuerza a este valor. Un valor de vida específico u operativo nos ayuda a vivir juntos de manera que podamos seguir la lógica de la naturaleza sin abuso ni soberanía.
Al comprender el valor total, podemos articular el valor operativo y al mismo tiempo ser responsables y sostenibles. De esta manera, nuestra relación con, por ejemplo, un jaguar puede ser cautelosa si existe una amenaza de conflicto entre ambos, pero no percibirá al animal como un objeto fetiche que podemos enjaular y desollar. Será, en definitiva, un individuo a quien debemos respetar, tal como lo hacemos con los miembros de nuestra propia especie.
Así, imaginar qué hay más allá de nuestro huevo cósmico implica cuestionar nuestra relación con los extraterrestres. La existencia de vida inteligente más allá de los límites de nuestras capacidades es un síntoma de su valor inherente y su fuerza intrínseca. La sostenibilidad de una vida sencilla es la esperanza que nos ayuda a comprender quiénes somos realmente.
el espacio es constante
La relación con los espacios implica entender que lo que hay dentro de nuestro planeta Tierra y lo que está fuera de la realidad son las mismas cosas, parte de lo que somos. De este modo, tanto el terrestre como el exterior son espacios continuos: la evolución cultural de la Tierra influye en la evolución cultural del cosmos.
El tratado de 1967, un instrumento jurídico clave en la regulación del espacio ultraterrestre, contiene en su artículo II el principio de apropiación no nacional por reclamaciones de soberanía. Con ello se busca asegurar que la lógica expansionista y extractivista propia de nuestro planeta no continúe más allá de él.
Por lo tanto, la relación entre la Tierra y el espacio no debe ser de posesión o mero uso, sino de valor, responsabilidad y copropiedad.
Posición biocéntrica
La bioética espacial se basa en la teoría, pero puede ir más allá e intervenir en el comportamiento. Poner la vida en el centro nos permite participar de la visión del mundo del que somos parte y todo con el mismo poder e importancia.
Ocupar este lugar significa adoptar una posición fuerte, equilibrada y garantizada que no pretenda ser juez y parte, sino sólo parte. Un juez de la vida es impensable, porque no hay evaluador en el mundo que comprenda la vida como un valor inherente.

El borde de una región cercana de formación de estrellas jóvenes, NGC 3324, ubicada en la Nebulosa Carina. Tomada en luz infrarroja por la cámara de infrarrojo cercano (NIRCam) del telescopio espacial James Webb de la NASA, esta imagen revela regiones de nacimiento estelar previamente ocultas. NASA, CC BI Regulan los derechos naturales
Apelar a la regulación ético-jurídica busca comprender el derecho sin someterse a lógicas antropocéntricas. De esta manera, independientemente de la especie, podremos implementar una gestión justa, responsable, armoniosa y, sobre todo, centrada en la vida.
Esto ayuda a estar en el mundo de forma ordenada y protegida, con garantías. Por tanto, sólo queda pasar del pacto social al pacto ecológico, donde se tengan en cuenta la función y la utilidad de la naturaleza, pero también -y sobre todo- su valor.
La bioética espacial ayuda a pensar en un futuro alejado del antropocentrismo, el colonialismo y la dualidad. Y así, da una idea de un mundo que no sólo debe ser imaginado, sino también creado. De esta manera podremos ingresar nuevamente a los ultraterrestres desde el entendimiento de que vida y ética son la misma cosa.
Esta nueva fase de la exploración espacial debería servir no sólo para preguntarnos hacia dónde queremos llegar, sino también quiénes somos y desde qué posición queremos partir.

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