Cada mes de marzo, las redes sociales se llenan de mensajes inspiradores, campañas corporativas y declaraciones institucionales que celebran el liderazgo femenino. Algunos días, el espacio público parece alineado: la igualdad avanza, el talento femenino florece, las empresas se comprometen.
Pero cuando el ruido digital se calma y miramos los datos comparativos, el optimismo se enfría.
Según el Informe sobre la brecha de género global 2025 del Foro Económico Mundial, el mundo ha cerrado aproximadamente el 68,8% de la brecha de género global y, al ritmo actual, se necesitarán unos 123 años para alcanzar la paridad total.
más de un siglo
A este ritmo, ninguna persona que participe hoy en el debate público verá la paridad económica global.
Y esta evaluación no se limita a los ingresos: el índice mide la participación económica, la educación, la salud y el empoderamiento político en 148 economías. Si bien la educación y la salud están relativamente cerca de la paridad en muchas regiones, la participación económica y el poder político siguen siendo las dimensiones más rezagadas.
La conclusión es clara: la visibilidad pública de la igualdad avanza más rápido que su arquitectura económica.
Igualdad como ingreso versus igualdad como capacidad
La economía convencional ha tendido a identificar la igualdad con la convergencia de los ingresos. Si ese fuera el caso, reducir la brecha salarial encaminaría el problema hacia una solución. Sin embargo, el enfoque de Amartya Sen nos obliga a ampliar nuestra perspectiva. La igualdad no es sólo ingresos, sino la expansión de capacidades reales: la libertad efectiva para elegir caminos de vida. Según este enfoque, la desigualdad salarial no es sólo una diferencia de ingresos, sino una limitación estructural de la capacidad.
Una mujer puede tener acceso formal al mercado laboral y, sin embargo, enfrentar limitaciones estructurales que limitan su capacidad de acción: interrupciones en su carrera, penalizaciones por maternidad, menor acceso a redes informales de poder o prejuicios en el ascenso. La cuestión no es sólo cuánto ganas, sino cuánto puedes decidir.
Desde esta perspectiva, las estadísticas laborales no son sólo un indicador de distribución: son un indicador de libertad real.
Castigo por la maternidad: lógica acumulativa
Uno de los mecanismos de desigualdad más persistentes es la pena de maternidad. La evidencia muestra que los salarios de las mujeres tienden a estancarse o disminuir después de la maternidad, mientras que los hombres no enfrentan una pena equivalente.
Esta brecha corresponde no sólo a la discriminación directa, sino también a un diseño del mercado laboral que premia la continuidad y la total accesibilidad. Las interrupciones en la prestación de cuidados afectan la acumulación de capital humano y la progresión salarial, creando efectos que se amplifican con el tiempo.
En la Unión Europea, las mujeres ganan el 77% de los ingresos anuales de los hombres y acumulan una brecha de pensiones del 25% en la vejez.
La sanción no es correcta: es acumulativa.
Informe global de salarios de la OIT 2024-2025. confirma que los hombres ganan más que las mujeres en toda la distribución salarial, tanto en economías de bajos como de altos ingresos, y que la desigualdad aumenta cuando se tienen en cuenta las formas de empleo no remunerado. La brecha de ingresos no es episódica: es estructural.
La desigualdad salarial de hoy es la desigualdad de riqueza del mañana.
Claudia Goldin y los 'trabajos codiciosos'
La premio Nobel Claudia Goldin demostró que buena parte de la brecha salarial en las economías avanzadas no sólo se explica por la discriminación directa, sino por la estructura de ciertas ocupaciones altamente remuneradas. Los "trabajos codiciosos", que exigen disponibilidad constante, largas jornadas y flexibilidad total, castigan cualquier interrupción. Cuando el cuidado de los niños recae desproporcionadamente en las mujeres, esta dinámica refuerza la desigualdad.
El problema no es sólo quién accede al mercado laboral, sino también cómo está diseñado. A nivel mundial, la participación de las mujeres en la fuerza laboral es aproximadamente del 47%, en comparación con el 72% de los hombres, según el Banco Mundial. Pero incluso cuando la participación aumenta, los incentivos del mercado interno continúan creando diferencias salariales a lo largo del ciclo de vida.
Economía del cuidado, bienes públicos y reproducción social
La economía feminista, con autoras como Nancy Folbr, ha señalado que el trabajo de cuidados genera capital humano y cohesión social, pero sus beneficios no se reflejan plenamente en quienes lo realizan. En el sentido económico, es una actividad con externalidades positivas débilmente internalizadas.
Las cifras de ONU Mujeres indican que las mujeres realizan al menos 2,5 veces más trabajo de cuidados no remunerado que los hombres, lo que limita su participación en el trabajo y afecta su trayectoria salarial. El informe de la OIT sobre el trabajo de cuidados y los trabajos de cuidados también advierte que el aumento de la demanda de cuidados, impulsado por el cambio demográfico, puede profundizar estas brechas si no se adoptan políticas públicas transformadoras.
La desigualdad no es abstracta: en la UE, el 92% de los hombres de parejas con hijos trabajan a tiempo completo, frente al 67% de las mujeres. Más que una elección individual, esta diferencia refleja cómo la estructura del cuidado condiciona la trayectoria profesional de una mujer y distorsiona la asignación de tiempo y recursos en la economía.
Esta asimetría no sólo está relacionada con el trabajo; Es fiscal, contributiva y patrimonial.
El estado de bienestar y la redistribución del riesgo
El Estado de bienestar se crea precisamente para corregir las fallas del mercado y redistribuir los riesgos sociales.
Políticas como el permiso parental, la educación pública de la primera infancia o los subsidios para cuidados no son meras concesiones simbólicas: son instrumentos de corrección económica.
En la Unión Europea, el Índice de Igualdad de Género 2025 sitúa el nivel agregado de igualdad en 63,4 puntos sobre 100, lo que confirma que la paridad todavía está al menos a medio siglo de distancia del ritmo de progreso actual.
Hay fuertes contrastes estructurales. Mientras que en el área de la salud la igualdad de género alcanza los 86,2 puntos, y en el área del dinero, los 73,9, el dominio del poder (que mide la representación en la toma de decisiones políticas, económicas y sociales) apenas llega a los 40,5 puntos, que es el más bajo de todos.
En otras palabras, Europa ha progresado, pero de manera desigual y a una velocidad que hace imposible hablar de convergencia acelerada. La arquitectura institucional es más sólida que en otras regiones del mundo, pero los datos muestran que las transformaciones profundas siguen siendo graduales.
España, un ejemplo concreto
En 2021, España estableció 16 semanas retribuidas e intransferibles para cada progenitor, en línea con la Directiva Europea de Conciliación (2019/1158).
Esta medida no es sólo simbólica. Al hacer intransferible la ausencia, modifica los incentivos y reduce la expectativa de que la interrupción del trabajo recaiga únicamente en la madre.
Desde una perspectiva institucional y de capacidades, la medida redistribuye los costos sociales del cuidado y amplía la libertad efectiva de ambos padres.
Es un ejemplo de reforma estructural, no de alineación discursiva.
Empoderamiento político y arquitectura presupuestaria
En el Informe sobre la brecha de género global 2025 del Foro Económico Mundial, la medición por dimensión revela que, si bien algunos componentes como la educación o la salud están mucho más cerca de la paridad, la brecha en el empoderamiento político sigue siendo relativamente amplia.
Este no es un detalle estadístico: sin una representación equilibrada en la toma de decisiones, las prioridades presupuestarias y regulatorias tienden a reproducir las mismas estructuras que crean desigualdad.
La arquitectura económica no es neutral. Está relacionado con el poder político.
Implicaciones macroeconómicas: eficiencia y crecimiento
La desigualdad de género no es sólo una cuestión normativa. También es una cuestión macroeconómica.
El Banco Mundial, a través de su informe sobre mujeres, empresas y derecho, señala que las restricciones estructurales que limitan la participación de las mujeres reducen el potencial de crecimiento y la acumulación de capital humano.
Según la teoría del crecimiento y el bienestar, limitar la participación de las mujeres implica una asignación subóptima del talento y una pérdida de productividad general. Cuando, además, las mujeres en la UE reciben sólo el 77% de los ingresos anuales de los hombres y acumulan una brecha de pensiones del 25%, la desigualdad deja de ser un problema distributivo y se convierte en una ineficiencia estructural.
Historia rápida, estructura lenta.
En este contexto se da el fenómeno del lavado de género: la proliferación de discursos, campañas y compromisos públicos que proyectan alineamiento con la igualdad sin cambiar fundamentalmente las reglas que producen la desigualdad.
Adoptar un lenguaje inclusivo o lanzar iniciativas simbólicas es relativamente sencillo. Rediseñar los incentivos laborales, redistribuir el trabajo de cuidados o modificar trayectorias profesionales consolidadas requiere reformas institucionales profundas y sostenibles.
La diferencia no es pequeña. Las narrativas se transforman en ciclos mediáticos; instituciones, en ciclos generacionales. Existe, por tanto, una brecha de velocidad entre los hashtags y las estadísticas. Y cuando el principal índice global proyecta 123 años para alcanzar la paridad, la pregunta no es si el debate es lo suficientemente intenso, sino si las reformas son lo suficientemente estructurales.
La desigualdad no desaparece por la acumulación de discurso o consenso retórico. Sólo disminuye cuando cambian las reglas que distribuyen el tiempo, los ingresos y el poder económico.
Hoy en día, los datos muestran que este cambio existe, pero avanza a un ritmo que está lejos de ser transformador.
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