La Navidad pasada ayudé a mis padres a elegir un filtro de agua. Los últimos modelos "inteligentes" venían con una aplicación para teléfonos inteligentes que prometía realizar un seguimiento de la vida útil del filtro, controlar la calidad del agua y solicitar servicio automáticamente. Sin embargo, mi padre, de 75 años, y mi madre, de 67, rápidamente los abandonaron en favor de un modelo no digital.
"Cada vez que se actualiza o me olvido de cómo usarlo, tendremos que llamarte", dijo mi papá.
Como hijo único que vivía a 12.875 kilómetros (8.000 millas) de distancia, no necesitaba que me convencieran. Mis padres están envejeciendo y no necesitan los cuidados tradicionales: cocinan, conducen y administran bien su hogar. En cambio, les ofrezco lo que llamo atención tecnológica: les ayudo con sus actividades digitales de la vida diaria, desde la banca en línea hasta la reserva de entradas para el teatro.
Pero a medida que la industria tecnológica avanza hacia agentes de inteligencia artificial e interfaces de usuario generativas (prometiendo que los dispositivos serán más inteligentes que nunca), me preparo para que esta carga invisible se vuelva más pesada, no más liviana. Además de ser un promotor de tecnología, soy un informático que estudia la interacción persona-computadora.
Preocupación tecnológica
El cuidado tecnológico es el acto de ayudar a alguien a utilizar herramientas digitales. Si bien esto no es del todo nuevo (la gente ha ayudado durante mucho tiempo a los abuelos a programar videograbadoras y conectar las computadoras de escritorio de los padres a Internet), lo que está en juego ha cambiado.
Hoy en día, la digitalización es omnipresente. La ayuda con estas herramientas ya no es solo soporte técnico ocasional no remunerado: es una forma de atención continua necesaria para mantener la independencia. Por ejemplo, incluso el simple acto de recortar cupones se ha vuelto digital, marginando a los adultos mayores que no pueden navegar por las aplicaciones de las tiendas para acceder a estos descuentos.
La gente suele considerar que los adultos mayores se resisten a la tecnología, pero los últimos años, especialmente desde la pandemia de COVID-19, han destrozado ese mito. Aunque persisten las desventajas en el acceso a Internet y la propiedad de dispositivos, ya no son las principales barreras para el acceso a la tecnología.

Las personas mayores de hoy no son expertos en tecnología, pero las constantes actualizaciones y cambios de interfaz les dificultan el uso de la tecnología. José Luis Raota/Momento vía Getty Images
La nueva crisis no se trata de acceso, sino de uso efectivo. Muchos adultos mayores ahora están en línea y dispuestos a utilizar estas herramientas, pero a menudo necesitan ayuda de familiares, amigos o la comunidad.
Impuesto a la innovación
El problema no es sólo que los dispositivos y las aplicaciones se estén volviendo complejos; es que están cambiando constantemente. Las frecuentes actualizaciones de software y cambios de interfaz pueden resultar frustrantes para todos los usuarios, pero convierten herramientas familiares en conceptos extraños para las personas mayores.
Esta imprevisibilidad se acelerará. Tomemos como ejemplo las interfaces de usuario generativas, que los diseñadores pueden utilizar para generar interfaces dinámicamente en minutos. Combínelos con agentes de IA y el sistema podrá asumir el papel de diseñador y tomar medidas independientes en función de cómo percibe la intención o necesidad de un usuario.
Si el botón "Pagar factura" está en un lugar diferente cada tres veces que abres una determinada aplicación porque la IA decidió optimizar la interfaz, es posible que te sientas constantemente de mal humor si no puedes localizarla rápidamente. Aunque la industria llama a esto personalización, para los adultos mayores es un objetivo móvil.
Este ritmo implacable de cambio, incluso cuando pretende ser útil, contrasta directamente con los cambios cognitivos relacionados con la edad. Y esta dinámica continúa con la nueva generación de personas mayores. Puede que estén más deseosos de adoptar nuevas herramientas que las antiguas, pero querer utilizar la tecnología no es lo mismo que poder utilizarla cuando las reglas cambian constantemente.
Para navegar por una interfaz completamente nueva o cambiante, su cerebro depende de la inteligencia fluida: la capacidad de razonar, resolver nuevos problemas e ignorar las distracciones sobre la marcha. A diferencia del conocimiento que las personas acumulan con el tiempo, la inteligencia fluida disminuye naturalmente con la edad.
Cuando la aplicación se actualiza o la IA optimiza el diseño, obliga al usuario a descartar los modelos mentales que tanto le costó ganar y empezar de nuevo. Para el adulto mayor, esto no es sólo un inconveniente menor; es un trabajo duro para su memoria de trabajo.
Como adulto mayor participante en un estudio que realizamos mis colegas y yo, dijimos:
"Tenía una computadora en mi escritorio en 1980, bueno, cuando nadie más la tenía. Así que este no es un idioma extranjero, pero los cambios que se hacen sin ninguna explicación y luego las cosas que sabías hacer cambiaron o desaparecieron por completo, eso es lo que me vuelve completamente loco, y te lo diré, a todos los demás adultos mayores en Estados Unidos".
ayuda al ayudante
Creo que el camino a seguir es dejar de tratar el soporte técnico como una ocurrencia tardía y comenzar a diseñar para los cuidadores tecnológicos. La alfabetización digital de las personas mayores y el fomento de las tecnologías de diseño para todos los usuarios son importantes, pero no suficientes; es importante crear herramientas que compartan la carga.
Surgen dos vías prometedoras. En primer lugar, las funciones de accesibilidad cognitiva, como los asistentes de inteligencia artificial que encuentran botones enterrados o brindan soporte técnico en tiempo real, pueden desviar las tareas de los cuidadores. En segundo lugar, las herramientas para los cuidadores están empezando a ir más allá del simple control del acceso a las funciones del dispositivo, a capacidades como permitir el acceso autorizado a la banca como cousuarios o grabar instrucciones personalizadas.
Estas herramientas también deberán adaptarse: los cuidadores familiares necesitan herramientas diferentes a las de los ayudantes comunitarios, como bibliotecas y centros para personas mayores.
En la era de la inteligencia artificial, la innovación no debería ser un impuesto para el cerebro que envejece: debería ayudar a cerrar la brecha digital.
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