Desde la imaginación visionaria de Isaac Asimov hasta los experimentos pioneros de Stanley Miller, la ciencia lleva décadas intentando responder a una de las preguntas mÔs profundas de la humanidad: cómo se originó la vida.
Isaac Asimov y la quĆmica prebiótica
Para quien escribe estas lĆneas, Isaac Asimov, ademĆ”s de un gran escritor, fue una de las grandes mentes de la humanidad a la hora de imaginar mundos y, dentro de esos mundos, proponer las diversas formas, sistemas y estructuras en las que la vida lograba organizarse.
"El Buen Doctor", como lo conocĆan sus amigos, sólo pudo vislumbrar los albores de un campo de conocimiento tan vago como esencialmente humano: el campo de la quĆmica prebiótica. Esta rama de la quĆmica -aunque su carĆ”cter extremadamente multidisciplinario hace quizĆ”s mĆ”s razonable hablar de "ciencia prebiótica"- se dedica, sin ambigüedades, al estudio del origen de la vida.
Sin embargo, ¿cómo estudiar el origen de algo que, desde una perspectiva cientĆfica, ni siquiera sabemos definir? No hay una respuesta obvia a esta pregunta y, sin embargo, la estrategia mĆ”s simple parece ser la que la comunidad cientĆfica estĆ” tratando de implementar: enumerar las propiedades que observamos en todos los sistemas que podemos considerar "vivos".
La frontera entre lo inerte y lo vivo
Hay tres caracterĆsticas bĆ”sicas que trazan la lĆnea, a veces borrosa, entre lo animado y lo inerte, lo animado y lo inanimado, lo cambiante y lo aparentemente indiferente. Un sistema "vivo" debe tener un metabolismo (es decir, ser capaz de obtener y utilizar energĆa para sobrevivir); tienen material genĆ©tico (o, en otras palabras, contienen molĆ©culas que almacenan información que se transmite a la siguiente generación, probablemente ADN o ARN); y la capacidad de dividirse (o, en otras palabras, separarse fĆsicamente del entorno que lo rodea).
Siguiendo con este planteamiento de la pregunta “¿quĆ© define a un sistema vivo?”, todos estĆ”n compuestos -hasta donde pudimos saber- de molĆ©culas orgĆ”nicas; es decir, "pequeƱos ladrillos" hechos de Ć”tomos, entre los cuales el carbono se comporta como arcilla. Ahora bien, no siempre que estos ladrillos orgĆ”nicos se agrupan forman sistemas vivos.
AsĆ como imaginamos el espacio-tiempo, y sin pretender sumergirnos en las arenas movedizas de la fĆsica cuĆ”ntica –que sin duda atraparĆan al pobre quĆmico que firma este artĆculo–, tenĆa que haber un momento, un lugar y una manera en que apareciera el primer sistema que reuniera todas esas caracterĆsticas descritas anteriormente; el momento en que la vida nació.
¿Dónde y cómo puede surgir la vida?
Dado que esta pregunta es abrumadora en sĆ misma, permanezcamos en este planeta Tierra nuestro. Hay dos posibilidades: que estos sistemas vivos primitivos "llegaran" del espacio o que se formaran aquĆ.
La primera se conoce como teorĆa de la panspermia y se basa en el descubrimiento de molĆ©culas orgĆ”nicas (los mencionados ladrillos de carbono) en cometas y asteroides que se encuentran en la corteza terrestre. TambiĆ©n en la detección de bacterias e incluso criaturas multicelulares como tardĆgrados o gusanos tubulares gigantes, en ambientes con temperaturas extremas, salinidad o acidez. Por lo tanto, estas criaturas se consideran "extremófilas" y su existencia respalda la idea de que incluso sistemas vivos muy complejos son capaces de sobrevivir en lugares mĆ”s hostiles que la Tierra.
La vida podrĆa aparecer en la Tierra
Incluso si todo esto fuera cierto, y sin excluir la panspermia, el origen de los primeros y mĆ”s primitivos sistemas vivos tambiĆ©n podrĆa haberse producido en nuestro planeta. Esta teorĆa se conoce como “abiogĆ©nesis” y, de hecho, se trata de una hipótesis complementaria a la anterior.
Si "panspermia" habla de cómo la vida pudo extenderse por el universo, "abiogénesis" intenta abarcar, nada mÔs y nada menos, el estudio de la transformación de la materia inerte en materia viva.
Filósofos presocrĆ”ticos como Anaximandro, cientĆficos persas como Nasir al-Din al-Tusi, evolucionistas como Charles Darwin o biólogos moleculares como Rosalind Franklin sentaron, de una manera u otra y desde diferentes perspectivas, las bases del conocimiento que hoy tenemos al respecto. Sin embargo, entre todos los nombres dignos de mención a la hora de dar unas pinceladas a la abiogĆ©nesis, hay que destacar uno: el de Stanley Lloyd Miller.
Stanley Lloyd Miller, padre de la quĆmica prebiótica

Stanley Miller, fotografiado en 1999. Wikimedia Commons, CC BI-SA
CorrĆa el aƱo 1952 y el joven Miller decidió cambiar radicalmente el tema de su tesis doctoral. Llevaba un aƱo estudiando la formación de elementos en las estrellas bajo la dirección de Edward Teller, el "padre de la bomba H", cuando decidió abandonar Chicago y ponerse en contacto con Harold Urie. A este Ćŗltimo le propone una arriesgada idea experimental para obtener el tĆtulo de doctor.
La propuesta de Miller consistĆa en hacer reaccionar los gases que se cree formaban la atmósfera de la Tierra primitiva (CH4, NH3, H2O y H₂) para intentar producir molĆ©culas orgĆ”nicas. Haciendo caso omiso del escepticismo de Urey, Miller pudo sintetizar de esta manera mĆ”s de 20 aminoĆ”cidos, los "ladrillos" que forman las proteĆnas que encontramos en los seres vivos, a partir de molĆ©culas inorgĆ”nicas.
Esto no significa, afortunada o desafortunadamente, que Stanley haya logrado "crear vida" artificialmente; pero se dio la seƱal inicial a una serie de experimentos y lĆneas de investigación que actualmente intentan producir sistemas orgĆ”nicos -basados en carbono- que cumplan algunas propiedades inherentes a los seres vivos, como la autorreplicación, la autocompartimentación o la posesión de protometabolismo (una versión mĆ”s simple de lo que entendemos por metabolismo).

Esquema del experimento Miller-Urey. Wikimedia Commons Entre literatura, filosofĆa y ciencia
En la saga de la Fundación, Asimov propone la existencia de un planeta, Gaia, donde todas las formas de vida comparten una única conciencia e intentan lograr un bien común absoluto que beneficie al conjunto.
En nuestro planeta Tierra, todas las formas de vida comparten una serie de caracterĆsticas y propiedades que surgen de ellas. QuizĆ”s la inspiración que nos brinda el escritor en sus libros, sumada al progreso cientĆfico en el estudio del origen de la vida, nos acerque a una mejor comprensión de nuestro lugar en el universo, a una mayor armonĆa y sostenibilidad para la civilización y el planeta.
Si las palabras de Carl Sagan cuando declaró que "un organismo en guerra consigo mismo estÔ condenado" son ciertas, vale la pena intentarlo.
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